miércoles, 7 de junio de 2017

Los gatos en mi vida (quinta parte)

---- La llegada de Mitch ----

Como lo mencioné anteriormente, en octubre de 2013 me enteré que existía una red de voluntarios que promovían la adopción responsable de mascotas. Comencé a seguirlos en las redes sociales y me fui familiarizando con temas como la esterilización de mascotas, los rescates, los hogares temporales, etc.

A finales de noviembre o principios de diciembre de ese año ví una publicación donde se solicitaban hogares temporales para 6 gatitos que se habían encontrado. Me comuniqué con la persona que se mencionaba en el contacto para que me explicara mejor en qué consistía ser hogar temporal. Cuando me explicó que se trataba de cuidar a uno de los gatitos mientras salía su adoptante definitivo y acudir a los eventos de adopciones para que le encontraran una familia, decidí que yo quería ser un hogar temporal.

Hablé con Carlos y estuvo de acuerdo. Me comuniqué con la persona que estaba coordinando el caso de los 6 gatitos y quedamos de ir a buscar al gatito a su casa. Me sorprendió cuando me dio su dirección y era en el fraccionamiento siguiente a donde yo vivo, además vivía en la misma calle donde vive mi prima.

Eran 2 gatitos negros, 2 grises y 2 "borrados". Le dije que sabía que los gatitos negros tenían menos posibilidades de adopción, así que quería cuidar a un gatito negro. Estaban pequeñitos cuando los conocí, pero muy "vivarachos" y algo ferales. Creo que en su corta vida, que calculamos que era un mes, habían desarrollado habilidades para sobrevivir y por eso estaban a la defensiva.




Me entregó un gatito negro. Estaba tan pequeñito que lo podía cubrir con mi chamarra junto a mi pecho. Recuerdo que todavía llegamos a visitar a mi tía y estuvimos un rato en su casa. Yo protegía al gatito bajo mi chamarra.

Cuando llegamos a casa le dije a Carlos que se llamaría "Misha" porque pensé que era hembra. Meses después me di cuenta que era macho y tuve que cambiarle el nombre a "Mitch". Durante 6 meses fue el hermano menor de Nina. Ella lo aceptó muy bien. Hizo muy  bien su papel de hermana mayor.




Mitch era el gato más cariñoso conmigo, creo que influyó mucho que desde pequeño llegó a nuestra casa. Le gustaba "jugar futbol": nada más veía que arrugaba una hoja de papel y la convertía en una pelotita y ya estaba esperando a que se la lanzara para andar correteando tras ella. Incluso hubo ocasiones en que le decía "tráemela, Mitch" y obedecía para que yo se la volviera a lanzar.




Le gustaba ronronearme y siempre esperaba en el descanso de la escalera para que le acariciáramos la cabeza cuando íbamos bajando. Cuando se convirtió en un gato joven se volvió algo peleonero y le dió por marcar su territorio orinando los muebles de la sala. Decidimos que ya era el tiempo de castrarlo y con ello disminuyeron esas conductas. Para ese momento sabíamos que ya no sólo éramos el hogar temporal de Mitch. Él ya era parte de nuestra familia; ya no nos imaginábamos entregándolo a alguien más. 




En febrero de 2016, pasó algo que nunca me iba a imaginar. No me lo esperaba, fue tan repentino. Aún no logro superarlo del todo, pensando en qué pude haber hecho de otra manera. Todavía sigo pensando que fue un error, que la vida se equivocó y las cosas no debieron haber tenido ese desenlace. Duré varios días deseando que se me concediera regresar el tiempo y hacer tantas cosas de forma diferente ese fin de semana fatídico.

Un viernes, a principios de febrero, cuando salimos a trabajar observé que Mitch tenía dificultades para orinar. En la tarde que llegué, ví que seguía con el mismo problema y pensé que en la mañana siguiente tenía que llevarlo al vet. Esa tarde-noche yo tenía trabajo de la escuela y lo tuve junto a mí para seguir observando su comportamiento.

Aunque se notaba que no podía orinar, su ánimo estaba muy bien. Seguía igual de cariñoso conmigo. A la mañana siguiente salimos temprano de la casa y me llevé a Mitch conmigo para esperar a que abrieran una veterinaria. Nada más esperé que dieran las 9 y lo llevé a consultar. Lo revisaron y me dijeron que lo mejor era que lo dejara para observación. Esa fue la última vez que lo vi.

En la tarde nos llamaron para decirnos que seguía bajo observación pero que su estado era complicado. A la mañana siguiente, Carlos fue a verlo a la vet y ya lo estaban sedando porque le iban a hacer una cirugía. Él dice que el consuelo que le queda es que Mitch se quedó dormido viéndolo; por lo menos se fue sabiendo que no lo abandonamos, que por lo menos Carlos estaba ahí.

El domingo a medio día nos llamaron de la vet y nos dijeron que el pronóstico no era nada bueno, que esperaríamos a la mañana siguiente. Desafortunadamente el lunes en la mañana recibí una de las noticias más tristes de mi vida: Mitch había muerto.

Casi año y medio ha pasado y aún me sigue doliendo. Todo fue tan rápido. Quizá con la experiencia de Nina y su enfermedad, que duró más de una semana visitando al vet, pensé que con Mitch sería lo mismo. Nunca pensé que cuando lo dejé en la vet era la última vez que lo abrazaba y besaba. Recuerdo cada momento de ese fin de semana y me arrepiento de tantas cosas. Quisiera retroceder el tiempo y tomar otras decisiones. 

Te amo Mitch. No te puedo olvidar.




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